Sol, mucho sol, de ese que te quema la piel.
Arena, arena fina y suave que es imposible de quitar de tu cuerpo.
Mar, un mar inmenso, con una profundidad mínima (las rodillas-muslos) hasta casi los 100 metros.
Chiringuitos, blancos y de madera, llenos de viejos barrigudos adoradores de cerveza y de jóvenes que necesitan el tinto de verano de primera hora de la tarde.
Sombrillas, de muchos colores, pero todas con las mismas formas, invadiendo la playa y haciéndote reticular cual serpiente cada vez que quieres ir a la orilla.
Tíos buenos, la mayoría de otro país, que ni se les ocurre acercarse a saludar gracias a la protección familiar.
El sombrero con la medida exacta para que me quite el sol de los ojos y que deje que incluso mi cuello se ponga moreno.
La siesta después de comer hasta los topes.
La ducha diaria para quitar la sal del mar.
Las cremas con olor a limón que tanto relajan.
Y ya.
Así es Gandía, mi lugar de vacaciones 2013 (y de cuándo era un bebé).
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